068_arquitecturas mínimas

Animita de Romualdito
San Francisco de Borja con Avenida Libertador Bernardo O’Higgins, Estación Central
Vernáculo urbano religioso
1933-situación actual

En un mudo contemporáneo cada vez más secularizado, en el que el orden impuesto por el consumo y sus estrategias de difusión parecen guiar el pulso de nuestra sociedad, cuesta explicar la persistencia de ciertos signos espirituales o religiosos que se resisten a la capitulación. En este contexto, hablar hoy de la Animita de Romualdito ubicada en la comuna de Estación Central supone aproximarnos a una intervención conocida, re-conocida, que se ha convertido en un punto de referencia en la ciudad y que se ha ganado un lugar en el imaginario colectivo de los santiaguinos. Pero también, implica insistir en lo llamativo, extraño e inusual de esta intervención; un fenómeno de ocupación espontánea de un pequeño trozo de la ciudad que ha perdurado en el tiempo, que ha adquirido vida propia. Una vida propia posible gracias al aporte anónimo y colectivo de personas que constantemente renuevan la información, el conjunto de objetos que define a esta animita.

Debido a su señalada extensión en el tiempo resulte difícil hoy resumir o definir a ciencia cierta qué es la Animita de Romualdito. Sin embargo, se puede reconocer como un espacio de recuerdo y conmemoración, también un espacio de peregrinaje popular, en el que la capacidad de marcar, de establecer signos que ruegan y agradecen por los favores concedidos, van definiendo los límites de su ocupación, incluso sus directrices estéticas. Una estética enrevesada, en el que el imaginario estrictamente religioso se confunde y comparte espacio con fuentes que podemos caracterizar como pop.

Desde un punto de vista estrictamente espacial, la animita toma por asalto una antigua pared ubicada al costado de lo que hoy es el centro comercial que se ubica adyacente a la Estación Central de trenes. Se trata de una toma sin permiso, pero respetada incluso por la más comercial de las arquitecturas, que irrumpe para llenar y saturar cada posible espacio de la pared, que bajo estas condiciones queda sumergida y se torna invisible, convirtiéndose en el soporte de una información que la excede física y simbólicamente. Una situación que pone en evidencia el respeto ganado por este lugar, su resistencia frente a los avatares del progreso que hoy lo convierten en un espacio ‘intocable’.