047_copas de agua
045_líneas de alta tensión

Fantasilandia
Av. Beaucheff 938, Santiago,
Región Metropolitana
Arquitectura comercial de entretenimiento. Gerardo Arteaga y empresas promotoras
1978 – situación actual

La revisión de la arquitectura popular y vernácula, y la necesidad de reconectar la disciplina con las personas permitió desde la segunda mitad del XX el reencuentro de la arquitectura con algunas expresiones antes consideradas propias de la baja cultura, como es el caso de los parques temáticos. Entonces estos se hicieron naturales, lugares más cercanos o experiencias cotidianas. En esa naturalización, ciudades como Orlando aparecen en escena en la década de 1970 gracias a los parques de Disney, y en Santiago en 1978, Fantasilandia aparece ocupando curiosamente un lugar urbano muy central. Así, en pleno Parque O’Higgins, en la esquina entre Beauchef con Tupper se instaló este parque mecánico por medio de una concesión que privatizaba el uso de su espacio, y a la fecha de hoy ocupa siete hectáreas del espacio público. 

En el interior del parque se ha instalado un muy denso sistema de atracciones mecánicas, lo que hace conjugar una serie de extrañas situaciones que le otorgan particularidad a la experiencia actual. Fantasilandia puede describirse como un conjunto de artefactos mecánicos habitables de manera muy efímera, colocados en mucha cercanía unos de otros, articulados accidentalmente por la densa y grande vegetación arbórea propia del parque y unidos por un sistema de comunicación peatonal. El discurrir peatonal va ocurriendo con cierta dificultad de orientación, en una situación laberíntica, donde la aparición de cada artefacto suele ser un evento sorpresivo, que quizás se ha anunciado previamente por la percepción de un fragmento que se eleva por encima las copas de los árboles. Adicional a esta desorientación, el habitar las atracciones se convierte en una experiencia límite. Montañas rusas, sillas voladoras, arañas, toboganes de botes, rampas de agua, barcos piratas o aceleradores de caída libre elevan a las personas varias decenas de metros para hacerlas caer mientras giran, se inclinan o son colocadas de cabeza, cambiando de posición y velocidad de manera continua. Si se evalúan sus formas de uso desde las convenciones de la relación cuerpo-espacio, y por tanto, desde las convenciones arquitectónicas, se presentan velocidades, posturas, aceleraciones o desaceleraciones extremas, recorridos impensables, y por tanto percepciones corpóreas y espaciales inéditas. Esto, ya inusual, le sucede a cualquier persona en cualquier parque temático del mundo. Sin embargo, en Fantasilandia, la densidad del espacio y su inserción dentro del verde del parque y la adyacencia al centro de la ciudad, lo hacen una experiencia especialmente inusual. El cuerpo y la percepción espacial sujetos a estos intensos vectores de movimiento, el ocupante afectado en medio de esta extraña experiencia espacial, y las inéditas relaciones con el paisaje urbano circundante en una suerte de ciudad instantánea que se enciende y apaga cada día.