006_edificio dos caracoles
055_ministerio del trabajo y caja de empleados particulares

Centro de Innovación Anacleto Angelini
Campus San Joaquín, Pontificia Universidad Católica de Chile, Vicuña Mackenna 4860, Macul
Elemental. Alejandro Aravena, Pedro Hoffmann, Suyin Chia y Juan Cerda
2015

El edificio, de apariencia brutalista, se caracteriza por su estricta geometría, enorme escala y radicalidad material en hormigón. Se emplaza al interior del Campus San Joaquín de la Pontificia Universidad Católica de Chile, cercano al acceso de éste y al costado oriente de la Avenida Vicuña Mackenna, un eje norte-sur estructurante de la ciudad. Se destina a organizaciones académicas y empresas caracterizadas por procesos de innovación. De este modo esta sede habría de suponerse como espacio de encuentro y sinergia entre academia e industria, en actividades de investigación aplicada.

En este edificio lo inusual no es un resultado imprevisto o un accidente. En su concepción proyectual se incluye ya la rareza, lo sorpresivo y lo paradójico. Primero, la paradoja de escala y la extrañeza que genera en su contexto urbano inmediato, a partir de su enorme tamaño y localización clave en el campus. El responde a una escala mayor, externa al campus. Se relaciona primero con el carácter, la escala y la extensión territorial del viaducto de hormigón que soporta la línea de Metro, y con la dimensión de la estación San Joaquín. Después, se presenta como una pieza que reafirma la nueva escala que la avenida está alcanzando, singularizando el paisaje urbano, y proponiéndose como ícono para el propio campus, anunciándolo en la nueva escala metropolitana. Las declaraciones mas frecuentes han sido respecto a su forma, materialidad y conceptualización espacial. El proyecto se levanta sobre un conjunto de afirmaciones que, por radicales, se suponen innovadoras. Por eso, es autónomo, busca a obedecer a leyes y convenciones distintas. La modulación del edificio, de sus bloques y de sus ventanas engañan la percepción escalar, haciéndolo parecer un bloque de tres niveles dirigido a enormes habitantes. Después viene la última paradoja intencionada. Invertir la lógica del bloque de oficinas tradicional, y en lugar de producir un núcleo duro y una piel de cristal, apuntar a esta opaca y activa piel de hormigón y un núcleo vacío, propuesto como un gran atrio acristalado, cálido por su materialidad en madera, y sensible a la escala de quienes habitan el edificio. Este espacio, y las terrazas perimetrales, deberían ser los lugares públicos de encuentro.

Sin embargo, al interior, la propia forma, y la manera como ha sido ocupado por empresas y oficinas al fin y al cabo autónomas, plantea restricciones de flexibilidad y atentan contra la sinergia declarada. No hay condición pública ni fluidez entre recintos ni son tan frecuentes los espacios colectivos donde se dé el encuentro casual entre pares. Pareciera que en resultado de cómo el edificio está siendo ocupado, los espacios de trabajo se limitan a mirarse a través del atrio, mientras que las terrazas elevadas de enorme tamaño que resultan de las operaciones formales del bloque al exterior son inaccesibles como lugares de reunión casual entre muchos o distintos. El resultado se acerca más a un conjunto desagregado de fragmentos espaciales, que a un sistema con posibilidades de compartir espacios comunes para el intercambio sinérgico.